Manos blancas

Carlota dejó apurada el delantal sobre la mesa. Todavía le quedaba mucho por hacer, y sabía que la señora la iba a reprender cuando llegara y el almuerzo no estuviera pronto, pero no le importaba. Era domingo y sabía que ella estaría en la iglesia. Era el único momento en que la veía y no iba a perder la oportunidad.

Se puso un chal sobre los hombros porque estaba frío, y con paso firme caminó hasta la plaza. Era tarde. La misa ya había empezado, pero eso tampoco le importaba. El viejo cura le parecía muy aburrido y le daba sueño escucharlo. Prefería ir al mercado o bailar alrededor de las fogatas que hacían los campesinos como cuando era más joven. No era religiosa. Había dejado de creer en Dios hacía mucho tiempo.

Entró en la iglesia y se sentó en un rincón. Había descubierto que desde allí podía verla sin ser vista. Admiró el rostro terso, el pelo rubio recién trenzado y las manos blancas y finas como las de un ángel, acariciando el arpa. La niña tenía catorce años. Catorce años, tres meses y dos días para ser exactos.

La observaba con orgullo, con los ojos brillosos. Al terminar la misa, se quedó agazapada detrás de una columna para verla pasar.

La niña caminaba sin prisa, buscando entre la multitud unos ojos azules que le generaban algo extraño. Era como mirarse en un espejo que aparecía y desaparecía con la misma rapidez. Pero sabía que estarían allí cada domingo al salir de misa y, por algún motivo que no entendía, eso le daba paz.

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