Tal vez

No sé por qué peleamos aquella tarde, cuál fue el disparador. La cantidad de sal en la comida, si había demorado en contestar el teléfono o el volumen del televisor. Últimamente, él estaba tenso todo el tiempo, al límite, como un volcán a punto de entrar en erupción. Las peleas siempre empezaban igual, con un reclamo tonto, por alguna nimiedad, pero escalaban muy rápido. Yo era una idiota, una inútil, esa era la conclusión a la que él siempre llegaba. Las palabras y los insultos iban cambiando pero el mensaje era el mismo. Se arrepentía de haberse casado conmigo. Él, que podía haber elegido a Luciana, una mujer exitosa, espectacular, que se moría por él, se había quedado conmigo, una tonta que no servía para nada. Yo trataba de apaciguarlo, conteniendo las lágrimas, porque si me veía llorar se ponía todavía peor, como si mi dolor fuera el combustible que alimentaba su ira.

No sé en qué momento cambió y pasó de ser el hombre tierno, un poco tímido, del que me había enamorado, a ese monstruo de dientes puntiagudos y garras afiladas. Nunca me levantó la mano, supongo que sabía que eso no lo iba a tolerar. Cuando peleábamos solía dar un portazo e irse al bar a calmar su furia con unas copas. Yo preparaba la cena y le dejaba el plato servido, tapado con un repasador para que no se llenara de moscas, y me iba a acostar. Él llegaba en silencio, comía en pocos minutos y se venía a acostar al lado mío. Sabía que se iba a disculpar, pero no quería verlo, ni escucharlo, así que me hacía la dormida. El olor a vino barato me revolvía el estómago y lo último que quería era que me tocara.

Aquella tarde la pelea fue mucho peor. Tomó un bolso, guardó unas pocas cosas y me dijo que se iba, que me olvidara de que existía, que finalmente se había conseguido una mujer de verdad.

A la noche, le dejé el plato servido por si volvía y me fui a acostar. Pero dieron las doce y no llegaba. Mi corazón latía cada vez más rápido a medida que pasaban las horas. ¿Y si de verdad no volvía? No pude evitar sonreír. ¿Tendría esa suerte? Seguí dando vueltas en la cama, sin saber qué hacer con tanto espacio. ¿Y si le había pasado algo? Empecé a sentir culpa por ser feliz al pensar en no verlo más. Ya eran las cuatro de la mañana. Había que arreglar esa humedad en el techo. ¿Tendría otra mujer o lo habría dicho para lastimarme? Tenía que coserle el botón de la camisa azul, me lo había pedido hacía días y yo, muy tonta, me había olvidado. Tenía razón si se enojaba. Había que comprar queso rallado. Hacía frío sin él en la cama. Las luces estaban apagadas y reinaba un silencio casi absoluto, salvo por el zumbido de la heladera.

Amanecía. Un leve resplandor comenzó a asomarse por las rendijas del postigón de madera y eso me generó una mezcla de liberación y culpa, felicidad y angustia. Abrí las piernas y los brazos en cruz, y me estiré, adueñándome de toda la cama. Me gustó la sensación, como si de pronto despertara de un mal sueño. Me sentí bien.

Entonces escuché la llave en la puerta y sus pasos silenciosos, como si entrara de puntillas. Rápidamente, volví a mi lado de la cama y me hice la dormida como de costumbre. No pasó por la cocina. Sentí el colchón hundirse bajo su peso cuando se sentó para sacarse los zapatos. Se metió bajo las cobijas y me pasó el brazo por la cintura. Fue raro no sentir el olor a vino. Ni perfume de mujer. Yo me quedé muy quieta, como si estuviera profundamente dormida. Tal vez la próxima vez finalmente se iría. O tal vez todo volvería a ser como antes. Tal vez…

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