Papá me había contado la historia un montón de veces, así que ni bien vi la foto supe que era Juana. Estaba entreverada con las fotos del abuelo, en ese álbum que Yaya nunca me dejaba tocar. No tenía mucho sentido que estuviera ahí, salvo por alguna razón masoquista que no logro entender. Eran fotos antiguas, en blanco y negro, cuyos protagonistas eran mayoritariamente hombres, “los hombres de la familia”. Mi abuelo, mi padre y todos mis tíos, impolutos, engominados, y cada uno con su mostacho, más grueso los veteranos, más fino los “mozos”. Mi abuela casi no aparecía en las fotos, salvo en una o dos, del brazo de Tata, también muy seria. Algunas fotos habían sido retocadas, agregando color rojo a los labios y algo de rosa a las mejillas de las pocas damas incluidas. Lo que pretendía darles un toque de distinción, a mí me resultaba payasesco.
Juana era una joven robusta, de cabello enrulado y boca pequeña. Debía ser la primera foto que le tomaban en su vida, porque tenía los ojos cerrados y cara de espanto, como si temiera que el flash de la cámara pudiera robarle el alma. El alma se escapa por los ojos, decían entonces, así que ella los tenía bien apretados, marcando una a una las líneas de expresión que recién dejarían ver su huella años más tarde. Pude imaginar que, en silencio, le rezaba a la virgencita para que la protegiera.
Juana era la menor de doce hermanos, de una familia muy humilde, y se había criado prácticamente sola. Una vecina la había propuesto para el trabajo de cocinera y así había llegado a la casa de mi abuela. Era cocinera “sin pienso”, así que mi abuela tenía que decirle el menú cada día para que lo preparara, pero nunca proponía nada. Las empleadas “con pienso” eran mucho más caras y además traían complicaciones que las señoras preferían evitar. Empezó a trabajar a los dieciséis, lo cual no era raro en aquella época. La abuela le daba casa y comida, más algo de ropa que ya no se usaba, y unos pesos al final de cada mes. Juana no formaba parte de la familia, pero de alguna manera sí lo hacía. Yaya era una mujer de buen corazón y se había encariñado con ella. Siempre había querido una hija mujer, pero al nacer mi padre estuvo a punto de morir, y después no pudo tener más hijos. Así que de alguna manera adoptó a Juana como si fuera suya.
A veces tocaba el piano durante tardes enteras mientras Juana entonaba las melodías que ella le enseñaba y el día se pasaba volando. La voz de Juana era como una brisa fresca que, en vez de entrar por la ventana, salía de ella para refrescar a los que pasaban por la puerta.
Varias veces mi abuela le había dicho que tenía un don, y que tenía que aprovecharlo, pero Juana se reía, sonrojada, sin darle mucho crédito. Ella era una joven muy simple, que cuando llegó a lo de mi abuela apenas sabía escribir su nombre. Yaya le enseñó a leer y a escribir, y en unos años la “ascendió” a dama de compañía, aunque ese trabajo ya no era muy común en las casas de clase media. Pero la abuela quería ayudarla a salir adelante y esa era la manera para seguir haciéndolo, sin que sintiera que vivía de prestado. Yaya tenía grandes planes para Juana. En secreto, había estado averiguando para que entrara en el conservatorio, y soñaba con verla cantar en algún gran teatro algún día.
Un domingo, al volver de la iglesia, Yaya encontró una carta de Juana donde le decía que se iba con el hijo del panadero a buscar suerte a Italia, ya que el muchacho tenía unos tíos allá, que se iban a casar, poner una panadería, y un montón de detalles que la abuela ni siquiera leyó. Había quedado muy enojada, sobre todo porque le había dejado una carta en vez de ir a hablar con ella. Durante varios meses habló de la “ingrata muchacha”, y en vano esperó que regresara. Todos dicen que a Yaya se le partió el corazón, porque nunca más volvió a tocar el piano.
Juana apareció por la casa varios años más tarde, con dos niños crecidos y un bebé de pecho, pero la abuela no quiso atenderla. Supongo que nunca logró perdonarle que se fuera de esa manera. O tal vez tenía miedo de verla y perder para siempre el recuerdo de la joven de cachetes rosados y voz de ángel.