Me gustaba jugar en la arena húmeda y hacer dibujos con el dedo gordo. Mi dedo se deslizaba por la arena, sintiendo su aspereza. Con el empeine arqueado como una bailarina, enterraba el dedo hasta la mitad y trazaba figuras incomprensibles. Tal vez mi dedo quería decirme algo y yo no era capaz de descifrarlo. A veces escribía palabras, pero yo sabía que en ese momento ya no era el dedo sino la mente la que mandaba los mensajes. Mi mente, gran controladora, siempre quiere estar en medio de todo… Por suerte, las olas venían y borraban todas las palabras… ellas no se sentían intimidadas por mi mente y la desafiaban, borrando sus mensajes. Lamentablemente, también borraban los mensajes de mi dedo y yo nunca tenía tiempo de analizarlos.
Comenzó a oscurecer y la playa se fue vaciando. El aire se llenó de olor a tormenta, ese olor característico que perfora las narinas y se infiltra en el cerebro como un virus. La gente se levantaba, temerosa y apurada, y agarraba a sus niños, sus bolsos y sus sombrillas, y se iba. Ellos sabían que la tormenta se acercaba y no querían encontrarse con ella en la playa. Al cabo de media hora quedamos solo una mujer de mediana edad y yo, pero estábamos tan lejos la una de la otra que podía decirse que cada una estaba sola.
La tormenta empezó descontrolada, haciendo ruido sin ritmo y sin prender las luces. Poco a poco fue tomando confianza y dejó que su melodía lo llenara todo, como si lo anterior hubiera sido un mero ensayo. El viento perforaba las olas en el aire, deshaciéndolas antes de llegar a la orilla en un estallido filoso. El relámpago marcaba la entrada del trueno, como cuando en un espectáculo se encienden las luces y suenan los tambores anunciando la entrada de la estrella. El show estaba en su apogeo y era indescriptible.
Después de la arena venía el mar y más allá, casi al alcance de la mano, se podía ver el acantilado. Altivo, soberbio, inamovible, era la imagen de un poder que ni siquiera la tormenta podía superar. En la cima había una columna de piedra bastante alta, tal vez los restos de un antiguo altar pagano. Los rayos parecían salir de ella y se ramificaban en el cielo como una várice. Tal vez era un mensaje indescifrable como el de mi dedo… Yo trataba de entenderlo, pero cuando creía que le estaba encontrando algún sentido, los trazos se diluían en la negrura con la misma rapidez con la que habían aparecido.
De pronto noté que alguien escalaba la pared escarpada del acantilado. Entrecerré los ojos para agudizar la vista y pude ver que era la mujer que se había quedado conmigo en la playa. Subía sin dificultad, como si estuviera acostumbrada a hacerlo. Era algo imposible… pero la mujer parecía no estar de acuerdo y, como para demostrármelo, seguía avanzando a gran velocidad. De a ratos, la tormenta me impedía verla, pero en otros momentos podía vislumbrar la silueta amarilla subiendo decidida.
Empecé a sentir frío, sabía que debía irme, pero mis pies parecían haber echado raíces en la arena empapada, que ya me llegaba a los tobillos. Tenía los ojos fijos en la mujer, incrédulos y expectantes como los de un niño mirando su primera película en el cine. La mujer llegó a la cima, permaneció unos minutos al lado de la columna de piedra y luego saltó al vacío. Dejé de respirar y sentí cómo todos los músculos del cuerpo se tensaron. La tormenta, aterrada ante lo que sucedía, huyó despavorida, dejando que un silencio hiriente se adueñara del tiempo y el espacio. La mujer caía como en cámara lenta, con las piernas juntas y los brazos abiertos en cruz. Estaba perpendicular al agua y bajaba como una flecha perezosa. El mar se puso rígido y liso. Las olas se habían acurrucado en el fondo, escondidas entre las algas. Nada se movía. Todo estaba estático como una fotografía. Salvo la mujer, que bajaba casi flotando ante mis ojos.
Cerré los párpados con fuerza para no ver cómo su cuerpo se desarmaba al estrellarse contra la superficie del mar. Esperé oír el golpe seco del choque con las aguas o tal vez un grito. Esperé que la tormenta volviera a rugir, una vez desaparecida la amenaza. Pero nada. Lo único que podía oír era a mis propios dientes chocando unos con otros. Esperé unos minutos y abrí los ojos.
Se me aflojaron las piernas y caí de rodillas en la arena. La mujer venía caminando sobre el agua con la misma serenidad con la que había subido al acantilado, como si el mar no fuera más que otro camino por donde transitar. Se fue acercando lentamente hasta la arena húmeda, no muy lejos de donde yo estaba, y allí se puso a escribir con el dedo gordo del pie. En un momento alzó la vista, como si de pronto se hubiera percatado de mi presencia, y me sonrió con una mezcla de asombro y complicidad. Después, se dio media vuelta y se metió por un sendero de tierra que llevaba al pueblo. Yo me acerqué hasta el lugar donde había estado escribiendo y vi unos signos extraños. Traté de descifrarlos, pero no pude. Las olas vinieron y se los llevaron, igual que se llevan los mensajes que me deja mi propio dedo y tampoco logro entender.